domingo, 14 de noviembre de 2010

Templo de Cayo y Lucio, Maison Carrée, Nimes, 16 d C.

Si la arquitectura romana sigue una línea predominante de construcciones eficaces y útiles y una apuesta clara por las obras de ingeniería, se entiende que las obras dedicadas a la arquitectura religiosa tuvieran una repercusión menor en su edilicia, y que lo mismo que ocurre en las artes plásticas se dejaran llevar por la influencia griega y etrusca, de cuyas culturas heredan además buena parte de su elenco religioso.

Por tanto los templos romanos siguen un modelo heredero de la tradición griega y estrusca. A su vez el templo etrusco también encuentra numerosos elementos tomados de la influencia griega, bien patente en territorio italiano, aunque introducen algunas características que lo acreditan como una creación peculiar. Así, constan de un podio con una escalinata delantera. Carece de columnata en la parte anterior, una como mucho en los costados del edificio, y en la fachada dos o tres filas de columnas. Éstas presentan un orden parecido al dórico, con una basa singular y el fuste sin estrías. Al interior, sólo hay una cella donde se situa la estatua del dios correspondiente. Finalmente la fachada presenta un tejado a dos aguas de anchos aleros, y un arquitrabe sobre el que se disponen los maderos transversales de la construcción. Tanto en esta parte como sobre todo en el tejado, proliferan las terracotas de colores, las tejas también llamativamente coloreadas, acróteras, esculturas, etc.

De esta tradición etrusca, tomará el templo romano un basamento sobre el que se eleva, una amplia escalinata frontal y la desaparición del opistódomos de tradición griega.

De la arquitectura griega adopta la forma de la planta, rectangular en su gran mayoría (aunque hay algunos ejemplo de planta circular, caso del Templo de Vesta o de Hércules Olivario en Roma), la utilización de los órdenes clásicos, y el cierre perimetral de la cella, lo que explica que en numerosas ocasiones los templos adopten estructuras pseudoperípteras en vez de las perípteras más habituales en el arte griego. En cuanto a la diversidad de ódenes, el arte romano utilizará en sus templos preferentemente el corintio, y más eventualmente el jónico, si bien a partir del siglo I se generaliza el uso del capitel compuesto, en realidad una derivación de la fusión del jónico y del corintio, pues conserva la canastilla de hojas de acanto de éste y las volutas de aquél.

A ello habría que añadir los ideales de armonía y proporción constructiva características también de la arquitectura griega, así como la concepción rectilínea de las plantas, la misma utilización de reajustes ópticos en los elementos arquitrabados que ya habían prodigado los griegos, y la solución ornamental de fachadas y elementos aéreos. El resultado es un modelo constructivo que, salvo excepciones, no participa de la monmentalidad y el colosalismo del resto de la arquitectura romana, y que a excepción del Panteón de Agripa, al que hay que considerar un modelo atípico y un caso singular, utiliza una formulación adintelada y sobria, ajena a las innovaciones en forma de arcos, bóvedas y cúpulas, que sí se utilizaron con profusión en otras construcciones.

Uno de los ejemplos mejor conservados de esta tipología de templo romano es el construido en Nimes a principios del S. I, templo patrocinado por Agripa en honor de su suegro Augusto y su esposa Livia, aunque dedicado a los dos nietos de ambos, Cayo y Lucio, si bien popularmente se conoció siempre como la Casa Cuadrada (Maison Carrée), por su forma rectangular. Sus dimensiones son notables (28 x 14), conservando además el canon matemático de proporcionalidad introducido por la edilicia griega. Constituye por tanto uno de los templos de tipo tradicional de mayor tamaño.

Construido en piedra calcárea blanca, se trata en de un templo corintio, hexástilo y pseudoperíptero, ya que a la altura de la cella, las columnas se adosan a los muros laterales. Se eleva sobre podium y se abre por medio de una escalera frontal, que daba al foro y que como hemos visto es preceptivo en los templos romanos.

En el entablamento, el friso se aprovecha en esta ocasión para plasmar una decoración de roleos y motivos florales, siendo además la cornisa muy volada. Sorprende la ausencia de escultura como complemento decorativo, incluso en los frontones, que carecen de ornamentación.