martes, 16 de noviembre de 2010

Constantino del Palacio de los Conservadores, 313-324 d.C.







La parte más famosa es esta cabeza colosal (mide 2,60 m) que formaba parte de una estatua sedente de 15 metros de la que se conservan, además, el brazo, la mano, rodilla, pantorrilla y pie del lado derecho; el gemelo de la pantorrilla, el pie, pectoral y hombro del lado izquierdo. La ropa era de metal o de estuco. Las partes estaban unidas con grapas de hierro.
El emperador se hallaba entronizado, con el brazo derecho en alto, apoyado en un cetro o una lanza. Procede de la Basílica de Majencio y se conserva en el Palacio de los Conservadores, Roma.
En el retrato imperial constantiniano se perciben dos corrientes coetáneas: una de tradición clásica, augústea, y otra “expresionista”, más bárbara y ya prácticamente bizantinizante, que subraya y exagera la estructura facial sometiéndola a un esquematismo geométrico, casi arquitectónico, muy en consonancia con el desmesurado tamaño de las estatuas. Esta cabeza pertenece a este estilo.
Tiene los ojos enormes, con los párpados fuertemente tallados, las pupilas dilatadas e incisas y la mirada fija, con una expresión casi terrorífica siendo un precedente de los hipnóticos ojos bizantinos. En esta época la pupila se vacía totalmente y es un simple agujero, rodeado por la línea del iris.

Este retrato no es ya la de un hombre de este mundo. Es un retrato que presenta una cara esquemática en una cabeza prismática, de duros perfiles, en la que llaman la atención los ojos abiertos enormemente, de párpados gruesos y pupilas dilatadas sobre profundas cavidades oculares, que están describiendo gráficamente a un visionario, de talante sombrío y distante. Aún más, es un retrato inaccesible, deshumanizado, endiosado, hierático, de un expresionismo brutal. Una representación del Poder Imperial desmedida y sacrosanta, absolutamente idealizada.
Por todo ello, la imagen serviría de patrón y modelo a la estatuaria bizantina y medieval, lejana del realismo romano y más proclive a la magnificencia de los símbolos, tan característica de la nueva época, imbuida de tan profunda espiritualidad religiosa.