martes, 16 de noviembre de 2010

Augusto de Prima Porta, 20 d C.





La estatua que vamos a comentar es muy conocida. Recibe el nombre de Augusto de Prima Porta por el lugar donde fue hallada a mediados del siglo XIX. De unos dos metros de alto, está realizada en mármol y se cree que es una copia o un duplicado de un original perdido que debió fundirse en bronce cuando ya el emperador había fallecido, siendo, en todo caso, algo posterior al año 20 d.C. Nos muestra a Octavio como thorachatus, es decir como un jefe militar que porta una coraza. Las escasas muestras de pintura que aún conserva la estatua han permitido suponer que, originariamente, se encontraba completamente policromada.

Las superficies parecen lisas y pulidas aunque en su armadura se aprecian relieves de mucho trabajo. Se aprecia algo de frontalidad y su actitud es reposada y serena, con una posición de contraposto al estilo de la Grecia Clásica. La luz incide de forma homogénea y suave y no se aprecian restos de policromía.

En cuanto a sus formas de expresión se aprecia un naturalismo acusado con algo de idealización. El parecido con la realidad es evidente pero en su rostro se ve al político sereno y seguro: realidad idealizada. La anatomía está muy bien trabajada al igual que los pliegues de sus ropajes. Todo está pensado para dar una dimensión temporal de eternidad.

La escultura representa a Cesar Octavio, primer emperador de Roma (Roma, 63 a. C. Nola, 14 d. C.). Tras el asesinato de Cesar, que le había declarado su heredero, formó parte del Segundo Triunvirato junto con Antonio y Lépido, de quienes se deshizo posteriormente. Hecho con el poder absoluto recibió los títulos de Imperator y Augusto. Dirigió sus luchas contra astures, cántabros y germanos. Conquistó la cuenca del Danubio y proporcionó al Imperio una época de paz y esplendor cultural (Pax Augusta), si bien en medio de una notable falta de libertad.

Fue encontrada esta escultura monumental el año 1868 en Prima Porta, un lugar suburbano de Roma, junto a la Vía Flaminia. Probablemente es réplica o copia de otra escultura del emperador, realizada en bronce o tal vez en oro. Apenas unas huellas de rojo, amarillo, dorado y pardo sobreviven en la escultura. El copista nos presenta a Augusto divinizado, por tanto, descalzo, cual correspondía en el mundo clásico a los dioses y mortales deificados. A sus pies, a modo de soporte, Cupido sobre un delfín en alegórica referencia a la descendencia de los Julios de Venus. Como era habitual en épocas pasadas, de esta forma se entroncaban religión, linaje y política, revistiéndose al poder personal de una aureola sagrada que justificase su ejercicio.

En el adivinamos algunos de los rasgos de su carácter: introvertido, nervioso, melancólico, majestuoso, pero sin estridencias; la aristocrática naturalidad de quien se sabe portador y responsable de una gloriosa herencia.

El Augusto de Prima Porta aparece en pie y con coraza; el paludamentum va enrollado en la cintura y sostenido por el brazo izquierdo, mientras el derecho avanza en gesto típico del momento de la alocución al ejército. La corona, coraza y paludamentum vienen a representar las insignias del poder imperial y la grandeza de quien lo encarna. Todo este repertorio iconográfico viene a subrayar, de manera inequívoca, la funcionalidad del arte como elemento de propaganda política. En el Augusto de Prima Porta hemos de distinguir, por tanto, entre forma y fondo, entre imagen y significado.

Con este retrato se inaugura y hace arquetípica la modalidad de retratos imperiales de a pie, que proliferarán por todo el Imperio. Culmina así la larga e intensa tradición del retrato en Roma. El siguiente paso será la representación de los emperadores semidesnudos, coronados de laurel y portando atributos divinos como el águila de Zeus. El proceso de divinización se acelera y Claudio es ya reconocido como dios en vida. Sin embargo, no se caerá en la idealización de los rostros, que seguirán respondiendo a la realidad fisonómica del retratado.

En el plano formal, si bien el Augusto de Prima Porta posee una originalidad innegable, la influencia de la estatuaria clásica griega es evidente. En este caso es claro su débito con el Doríforo de Policleto: sus expresiones son parecidas y ambos se apoyan en la pierna derecha mientras balancean la izquierda.

"El Doríforo de Policleto era el cenit de la escultura clásica, y los romanos apreciaban profundamente el aire de serenidad y dignidad conferido a la figura debido a la pose construida con extremo cuidado. Se decidió entonces preparar un molde destinado a la representación de Augusto, con la intención de que transmitiera a sus súbditos a la vez respeto a su autoridad y admiración a su gracia y control. Pero la estatua griega difícilmente podía ser tomada como modelo tal como quedó, ya que presentaba algunas características que ofendían el buen gusto romano" (Woodford, S.)

  • el Doríforo era una figura ideal; fue necesario modificar su cabeza hasta que tomara la forma de los rasgos de Augusto, al que se idealizó para reflejar la pureza de formas del Doríforo
  • el Doríforo estaba desnudo; el escultor vistió a Augusto con una armadura y manto. La armadura quedaba tan ajustada que el modelado del torso permanecía visible
  • el Doríforo carecía de enfoque y dirección; el emperador no podía vagar, sino que debía dirigirse a sus súbditos. Por ello el escultor levantó un poco la cabeza, le dio un pequeño giro para mirar hacia delante y hacia lo lejos, y levantó el brazo derecho en posición de mando
  • Podemos decir, por tanto, que en el Augusto de Prima Porta se produce, como en todas las manifestaciones artísticas de la época augústea, la síntesis entre el clasicismo griego, cuyo lenguaje formal se adopta, y la concepción romana de la obra de arte sujeta a lo utilitario y real. Si el retrato griego perseguía una concepción ideal del hombre a través de la heroificación del modelo, el romano busca el máximo realismo recurriendo, con frecuencia, a la mascarilla, ya realizada en vida, ya funeraria, de acuerdo con la tradición etrusca y republicana. Retratos veraces y sinceros que aun cuando, como éste de Augusto, estén ligeramente idealizados por su finalidad política y su carácter sagrado, reproducen, junto con los rasgos físicos, las huellas que en ellos va dejando el paso del tiempo y las adversidades de la vida.